El público todavía no ha llegado al plató, pero una veintena de técnicos lleva varias horas probando todos los medios de sonido e iluminación para que todo salga según lo previsto. Se empieza a oír un murmullo, y el público empieza a entrar al plató, ocupando las gradas situadas en la parte delantera de este. Las voces del público son cada vez más, hasta que las luces empiezan a apagarse. El público ya no habla; sólo espera expectante lo que va a venir a continuación. Las luces del escenario se encienden. Las cámaras empiezan a grabar y una música empieza a sonar a lo lejos. El volumen de la música aumenta y entonces sale a escena el presentador. Sale alegre y contagia su alegría al público, que estalla en un fuerte aplauso. El presentador se mueve con naturalidad y no deja de sonreír para no perder la atención de los espectadores. Entonces comienza a hablar. Saluda al público, le da la bienvenida, dice el nombre del programa y a continuación se presenta él. Todas estas acciones parecen completamente espontáneas, y sin embargo está todo preparado y estudiado; hasta la última coma. El presentador sabe cómo va a reaccionar el público a todo lo que diga y haga. Para eso ha estado tanto tiempo estudiando su guion, memorizando sus frases, y preparando cada uno de sus gestos y sus expresiones faciales. Pero el presentador llega a una determinada frase, una frase que ha repetido y ensayado hasta aburrirse, y sin embargo, esa noche se le ocurre algo a raíz de ella. Algo que no viene en el texto al que se tiene que aferrar, pero que en ese momento le parece un comentario brillante. Entonces el presentador tiene un segundo, solo un segundo para pensar si merece la pena hacer una excepción y decir su comentario aunque no venga en el guion. Tiene un segundo para analizar si el público reaccionará ante esa frase como él espera que lo haga. Solo tiene un segundo, y la pregunta es si se atreverá a alejarse del texto por un momento y lanzarse a lo desconocido por algo que puede ser con la misma probabilidad un error o una genialidad.
Cualquier programa guionizado, ya sea de radio o de televisión, parte de un estudio y un conocimiento de las competencias comunicativas. La competencia comunicativa es la suma de la competencia lingüística (conocer una lengua en cuanto a sus reglas gramaticales) y la competencia pragmática (saber cómo utilizar la lengua, dependiendo de la situación comunicativa). Para que un texto presente competencia comunicativa se debe prestar atención a tres aspectos fundamentales: la adecuación, la coherencia y la cohesión.
La adecuación es la capacidad textual que estudia si un texto se adapta a la situación comunicativa tanto en su forma como en su contenido. “En su forma” debe adaptarse en cuanto a la manera de expresar el contenido (discurso, monólogo, conversación, etc). En cuanto a su contenido debe adaptarse de forma que la expresión y el vocabulario se adecuen a la situación comunicativa. En televisión y en radio es el aspecto más delicado en cuanto a la posibilidad de hacer un comentario no guionizado. La adecuación representa la estructura externa del texto.
La coherencia es la capacidad textual que estudia si las ideas del texto aparecen ordenadas de forma lógica (en orden cronológico, sin saltarse información). Es un aspecto a tener en cuenta en programas de radio y televisión, ya que el no uso de esta capacidad da lugar a situaciones caóticas en las que el espectador puede llegar a perder el hilo del tema que se está tratando.
La cohesión es la capacidad textual que estudia que las frases y las oraciones presenten una estructura correcta, es decir, estudia las relaciones que mantienen las unidades lingüísticas en el ámbito textual.
Todo esto se verá más claro a continuación a través del estudio
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